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Luciana Ferrando

@ Micaela Masetto

Confusiones 1

A veces pienso: Ahora, cuando salga de la escuela… Y con «escuela» me refiero, por supuesto, al trabajo; el Feierabend no hace sonar ningún timbre, de hecho. El lunes, cuando llegue a Buenos Aires, me digo otras veces cuando estoy de viaje o paso el fin de semana en las afueras. Berlín, cuando llegue a Berlín, no a Buenos Aires, me corrijo. ⁠

Es un poco como cuando veo un semáforo pero lo llamo para mí micrófono y encima confundo el verde con el rojo y arranco al revés de lo que debería y así facilito a ciertos alemanes, a la espera de algo que les de una excusa al policía de su cabeza, que levanten la voz y apunten con el dedo. Pero ese es otro tema.

Otro poco es como tener el impulso de tomar el colectivo 29 los domingos para ir a la feria de San Telmo, pero solo puedo ir a Kreuzberg. O ir de la mano de mi manojo de llaves, como si caminara por las callecitas de La Boca y tuviera que demostrar que pertenezco al barrio para sentirme más segura. U oler la cascarita que se forma después de unos días en la lastimadura que me hice en la rodilla, cayéndome tontamente de la bici, como si tuviera cinco, seis, siete años y luego mostrarla como un trofeo.

Oler las coronitas de novia del parque Hasenheide que forman glorietas naturales por encima de los caminos anteayer todavía nevados y no poder asegurar que no estoy escondida en el jardín de algún vecino de la calle sin salida donde estaba la casa de mi infancia, cuando todavía existían un montón de cosas y de personas que ya no existen. ⁠

Verwirrungen 1

Manchmal denke ich: „Gleich, nach der Schule …“ aber damit meine ich „nach der Arbeit“ – am Feierabend gibt es keinen Schulgong. Als wären seit der Schulzeit nicht mehr als 30 Jahren vergangen, als hätte ich nicht mittlerweile am anderen Ende der Welt ein Zuhause gefunden. „Am Montag, wenn ich zurück in Buenos Aires bin…” denke ich oft, wenn ich mir eine Auszeit aus der Stadt nehme. „Berlin, wenn ich zurück in Berlin bin” korrigiere ich mich.

Die Liste ähnlicher Verwirrungen ist lang. An manchen Sonntagen möchte ich den 29er-Bus nach San Telmo nehmen, meinen Lieblingsbezirk in Buenos Aires, in Defensa Ecke Avenida San Juan aussteigen und entlang der Antiquariate am Plaza Dorrego bummeln. Doch alles, was ich machen kann, ist mit dem M29 nach Kreuzberg fahren und mich mit dem Markt am Maybachufer zufriedengeben.

Es kommt vor, dass ich mit dem Schlüsselbund in der Hand laufe, als würde ich die Straßen von La Boca in Buenos Aires durchstreifen. Mit den Schlüsseln spielen, sie hängen lassen und wenn möglich auf der Straße gehen, bedeutete dort damals: Ich wohne hier, du darfst mich nicht anfassen. Ich weiß nicht, ob das im Flughafenkiez, wo ich wohne, für jemanden überhaupt etwas bedeuten würde.

Wenn ich in der Hasenheide in einem Tunnel aus Blüten gerate und es nach Sommertag duftet und der Wind sie wie in Zeitlupe bewegt, dann glaube ich, ich hätte mich im Garten der Nachbarn versteckt, während die anderen schlafen. In der Straße, in der ich groß wurde, machten alle Siesta.

Und ich kann nicht mehr sagen, ob ich mich in Neukölln befinde oder in Adrogué, in meinem Zuhause von damals, als es noch Menschen, Orte und Dinge gab, die es heute weder hier, noch da existieren.