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Luciana Ferrando

@ Rosario Díaz Roigt

LAS FIESTAS

A los ocho
Ensalada rusa, nieve de mentira, arbolito en lo alto del placard, guirnaldas que pinchan, la mesa junto a la pelopincho, pionono con mucha mayonesa, matambre, turrones, ensalada de fruta, helado. Sacarle la fruta abrillantada al pan dulce con los dedos formando un pajarito, las nueces tan difíciles de abrir, las estrellitas que se acaban rápido y las cañitas voladoras en botellas con el pico quemado (atención: no explotarse la mano como el primo). El perro atado, otros perros ladrando a lo lejos, aullando. Cada vez somos menos, la abuela se vuelve más chiquita y fuma a escondidas. Discusiones políticas, tensiones, soleros blancos, sandalias de cuero apretadas. Esperar a las doce y los regalos, la sirena de los bomberos, coca-cola, sidra y fanta. Papá Noel va a llegar todo transpirado, digo una vez y hago reír a todos.

A los veintitrés
De lo que encontramos en el Todo por dos pesos compramos lo más feo. Los regalos se sortean o se ganan pescando patitos de plástico. Luego hay que exhibirlos en casa durante un año en una vitrina encima de la puerta. También jugamos a otros juegos. Los más cercanos nos hacemos regalos en serio (rollos de foto o anillos que predicen el tiempo). Nos reímos mucho y después de las doce nos mudamos a la terraza a mirar el cielo sobre Constitución. A esa hora estoy tan fumada que confundo fuegos artificiales con estrellas fugaces, ambos se extinguen muy rápido.

Los años pasados
Glühwein en pabellones con lucecitas, brindis con colegas, olor a garrapiñadas, a Wurst, a Waffeln… Un montón de Papa Noels de chocolate en la heladera, Dominosteine. Una navidad en un cine en Prenzlauer Berg mirando “El evangelio según San Mateo”. Una cocinando por Zoom con amigos de Grecia. Una tomando cerveza con un kiosquero que insulta a la policía. Otra vez sola, dando vueltas en la U-Bahn. Un 31 en medio del campo, en silencio; en Kreuzberg frente al Bethanien, bailando; con casco (para protegernos) en la Sonnenallee. Sola en casa elaborando listas de promesas y deseos frente al fuego, brindando imaginariamente con quienes están lejos, pensando en cada uno de ellos.

DIE FEIERTAGE

Mit acht⁠
Russischer Salat, Kunstschnee, Bäumchen ganz oben im Schrank, pieksende Girlanden, kaputte Weihnachtskugeln, der gedeckte Tisch neben dem Planschbecken, Pionono (viel Mayonnaise), Matambre, dann Nougat, Obstsalat, Eis. Die Früchte aus dem Panettone rausziehen, mit den Fingern einen kleinen Vogel formen. Die Nüsse, die so schwer zu öffnen sind. Die Wunderkerzen, die zu schnell ausgehen. Hunde bellen in der Ferne, heulen. Wir werden immer weniger und die Oma wird kleiner, sie raucht heimlich. Politische Diskussionen, Spannungen, weiße Kleider, zu enge Ledersandalen. Warten auf zwölf Uhr, Geschenke, die Sirene der Feuerwehr um zwölf, Cola, Cidre und Fanta. Verschwitzt kommt der Weihnachtsmann, sagte ich einmal und brachte alle zum Lachen.⁠

Mit 23⁠
Wir kaufen das Hässlichste von dem, was wir in Ein-Euro-Laden finden. Die Geschenke werden verlost oder beim Fischen von Plastikküken gewonnen. Dann muss man sie zu Hause ein Jahr lang aufstellen! Wir spielen auch andere Spiele. Unsere Nächsten geben uns richtige Geschenke (Fotofilme, Ringe, die das Wetter vorhersagen). Wir lachen viel und gehen manchmal nach zwölf auf die Terrasse, um in den Himmel über Constitución zu blicken. Zu dieser Stunde bin ich so stoned, dass ich Feuerwerke mit Sternschnuppen verwechsle: Beide gehen sehr schnell aus.⁠

Die vergangenen Jahre⁠
Glühwein in Pavillons mit kleinen Lichtern, Anstoßen mit Kollegen, Duft nach Karamellisiertem, nach Wurst, nach Waffeln… Viel Santa Claus Milka Schokolade im Kühlschrank, Dominosteine. Ein Weihnachtsfest im Kino in Prenzlauer Berg. Ein weiteres beim Kochen per Zoom mit Freunden aus Griechenland. Ein anderes Mal trinke ich Bier mit einem Späti-Verkäufer, der sich mit der Polizei anlegt. Ein anderes Mal mit der U-Bahn hin und her fahren. Am 31. Dezember auf dem Land, neben einem gefrorenen See, in Kreuzberg vor den Bethanien tanzend, mit Helm auf der Sonnenallee (um uns zu schützen). Allein zu Hause, Listen mit Versprechungen und Wünschen vor dem Kamin erstellend. Imaginär mit denen auf der anderen Seite der Welt anstoßen. Über jeden von ihnen nachdenken.⁠