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Luciana Ferrando

@ Micaela Masetto

Navidad

La navidad 2020, la primera navidad pandémica (que no sería la última) la pasé sola. Bueno, no del todo: cené con María y Dimitris a través de zoom. Preparamos un curry que quedó buenísimo. Cociné como si estuviéramos todos alrededor de la misma mesa —y no ellos en Grecia y yo en Neukölln— y comí curry durante cuatro días seguidos.

Había pasado navidades en el cine, en fiestas, jugando juegos de mesa frente al fuego, caminando por un bosque nevado… Pero esa fue la segunda vez que pasé una navidad sola (o casi sola) en Berlín. La primera, ya no recuerdo en qué año, no imaginábamos siquiera la existencia del corona y tenía un montón de ofertas para esa noche. Pero decidí no aceptar ninguna.

Siempre me había jactado de ser alguien a quien las fechas pactadas le dan lo mismo, pero entonces tuve que confesarme que esa era una verdad a medias. Escuchaba los brindis de los vecinos a través de la pared, me mandaba mensajes con quienes estaban en casa de sus familias o festejando con amigas y amigos y me sentí rara al principio y al final, abandonada, como si no hubiera sido yo la causante de mi aislamiento.

Entonces recapitulé y noté la diferencia entre «no me importa» y «no me gusta». Entre reírme sarcásticamente en las góndolas del supermercado cuando, ya en septiembre, comienzan a vender productos navideños y no tener nada de eso en casa pero, de repente, ganas de cortar un pan dulce esponjoso o romperme los dientes con un turrón. Entre no tener jamás un arbolito y no tener contra quién chocar la copa a las 12. Ni regalos que abrir, ni uvas que llevar a la boca, ni estrellitas que agitar en el aire dibujando mi nombre.

Con el tiempo, tal vez gracias a ese reconocimiento, tal vez cansada del papel de renegada (como solía llamarme una amiga), me volví más tolerante hacia los rituales relacionados a esta fecha. Empecé a dejar de querer matar a colegas que ponen «Last Christmas I gave you my heart» en youtube en la oficina y hasta les sonrío con simpatía. Comencé a verle un cierto encanto al kitsch de las lucecitas del Ku’damm y de los puestos de Glühwein y a sentir compasión ante la pobre decoración de las Arkaden de mi barrio. Ya no odio con el alma a los tiradores de petardos (aunque me sigo asustando cuando uno vuela desde un balcón como el pétalo desprendido de una flor furiosa) ni a los que se ponen gorritos de Santa Claus en las tiendas o recepciones.

Ahora, ante la navidad inminente, pienso en aquello de «cada loco con su tema», nada más, y me pregunto cuál será el mío. ¿Dónde estaré este 24?

Weihnachten

Weihnachten 2020, das erste (aber nicht das letzte) Weihnachten in Pandemiezeiten, habe ich alleine verbracht. Ok, nicht ganz alleine: Ich habe mit Maria und Dimitris über Zoom zum Abend gegessen. Wir bereiteten ein Curry vor, das sehr lecker war. Doch ich kochte als wären wir alle am selben Tisch und nicht sie in Griechenland und ich in Neukölln: Also gab es für mich vier Tagen lang Curry.

Ich habe Weihnachten schon im Kino, auf Partys, beim Brettspielen, neben dem Kaminfeuer oder im Wald verbracht … doch 2020 war erst das zweite Mal, dass ich Weihnachten nur mit mir selbst (oder fast) verbracht habe. Das erste Mal (ich weiß nicht mehr wann, das war aber längst vor Corona) hatte ich viele Angebote für den Abend, hatte mich aber entschieden, keines davon anzunehmen.

Ich war immer eine, der solche Feste egal sind. Damals musste ich allerdings zugeben, dass das nur die halbe Wahrheit ist. Durch die Wand hörte ich die Nachbar*innen anstoßen und ich bekam ständig Nachrichten von Leute, die bei ihrer Familien waren oder mit Freund*innen feierten. Ich fühlte mich am Anfang komisch und letztlich verlassen, als wäre ich nicht selbst schuld an meiner Isolierung.

Da habe ich gemerkt: “Ist mir egal” und “Gefällt mir nicht” ist nicht das Gleiche. So wie es auch nicht das Gleiche ist, im September darüber lachen, dass die Supermärkte schon Weihnachtsprodukte verkaufen, wie an Weihnachten nichts davon zu haben aber doch Lust, etwas davon zu essen. Oder keinen Weihnachtsbaum zu besitzen oder kein Geschenk zum Aufmachen zu bekommen. Niemanden zum Anstoßen, keine zwölf Trauben, keine Wunderkerze, um meinen Namen in der Luft zu schreiben.

Vielleicht deswegen bin ich mittlerweile toleranter geworden gegenüber den Ritualen, die mit diesem Fest verbunden sind. Ich möchte nicht mehr meine Kolleg*innen töten, wenn sie im Büro “Last Christmas I gave you my heart” spielen. Ich sehe einen gewissen Charme in den kitschigen Lichtern am Ku‘damm und bei den Glühweinständen. Ich spüre Mitleid für die armselige Dekoration der Arkaden meines Kiezes. Ich fühle nicht mehr so viel Hass für Böllerwerfer*innen (erschrecke mich aber trotzdem, wenn einer aus einem Balkon wie ein furioses Blütenblatt fliegt) oder Nikolausmützen-Träger*innen.

Jetzt, wo Weihnachten unmittelbar bevorsteht, denke ich “Das ist jedem sein eigenes Thema”. Nur: welches ist dann meins? Wo werde ich den 24. dieses Mal verbringen?