Maratón
Hace unos años, cuatro amigos en la mesa de un bar. Alguien pregunta si hay algo que no harías jamás en la vida. Yo respondo correr una maratón, sin imaginar que será la pesadilla que se vuelve un sueño que, a su vez, se vuelve realidad.
Comienzo a correr a diario hace más o menos un año y medio. Con los dientes rotos y un brazo enyesado, es lo único que puedo hacer luego de un accidente en bicicleta.
Al principio corro de vez en cuando, 500 metros, un kilómetro. A medida que comienzan a aumentar las endorfinas que va generando el cuerpo, se alargan también las distancias y el tiempo. Comienzo a entender de qué se trata, a tomarle el gusto, a no poder prescindir de ello.
El día anterior a la media maratón me preparo como lo hago para un viaje: sobre la vieja estufa en desuso de mi habitación voy deponiendo lo que voy a necesitar el domingo. Me levantaré a las seis y empacaré, como si fuera al aeropuerto.
Decido qué me voy a poner (va a hacer frío) y hago una prueba de vestuario. Me tomo incluso un autorretrato con el número de salida sobre el pecho. Parece la foto de un carcelario recién ingresado.
La maratón en sí es una fiesta. A los costados de la calle hay gente con carteles alentando. Hay batucadas y bandas de jazz. Hay gente que grita mi nombre sin conocerme. Hay agua y bananas, geles energéticos, té y coca cola. Cuando pienso que estoy por caer por el cansancio, el dolor en las rodillas o en las piernas, resucito porque algo me da gracia y la risa me da energía para seguir corriendo.
Al final, corro como una zombie, sin saber lo que hago. Y de repente estoy en el kilómetro veinte. La emoción, la adrenalina y el hecho de correr junto a un bombero con su uniforme, al que todo el mundo aplaude, me hacen llegar a la meta.
Luego de atravesarla y abrazarme a una mujer con la que paso la línea me dan cerveza sin alcohol, una lona de plástico para cubrirme y una medalla maciza que cuelgo de mi cuello.
Me fotografío disfrazada de superhéroe y voy a buscar mi ropa. La misión es ahora subir a la bicicleta y recorrer los kilómetros que me separan de casa sin morir en el intento.
Marathon
Vor ein paar Jahren, vier Freunde in einer Bar. Jemand fragte, ob es eine Sache gibt, die wir nie im Leben tun würden. Ich antwortete, “Einen Marathon laufen”, ohne zu wissen, dass dieser Albtraum sich in einen Traum verwandeln würde, der zur Realität wurde.
Vor anderthalb Jahren fing ich an, täglich zu laufen. Mit ausgeschlagenen Zähnen und eingegipsten rechten Arm war das das einzige, was ich nach einem Fahrradunfall konnte.
Zu Beginn lief ich ab und zu, 500 Meter, einen Kilometer. Die von meinem Körper erzeugten Endorphine mehrten sich und so verlängerten sich auch die Entfernungen, die ich laufe. Ich begann, Gefallen daran zu finden und bald konnte ich nicht mehr darauf verzichten.
Am Tag vor einem Halbmarathon bereite ich mich wie auf eine Reise vor. Auf dem Hexenofen lege ich alles, was ich am Sonntag brauche. Ich stehe um 6 Uhr auf und packe meinen Rucksack.
Ich entscheide, was ich anziehe (es wird kalt) und mache eine Generalprobe. Sogar ein Selbstporträt mit der Ausgangsnummer mache ich. Das Foto ähnelt dem eines frisch eingelieferten Häftlings.
Der Marathon selbst ist eine Party. An den Straßenrändern stehen Menschen mit aufmunternden Schildern. Es gibt Batucadas und Jazzbands. Es gibt Leute, die meinen Namen rufen, ohne mich zu kennen. Wasser und Bananen, Energieriegel, Tee und Cola gibt es ebenso. Sobald ich denke, dass ich wegen Müdigkeit oder Schmerzen gleich umfallen werde, bringt mich etwas zum Lachen und das gibt mir Energie, um weiterzulaufen.
Letztendlich renne ich wie ein Zombie. Und plötzlich bin ich bei Kilometer 20 angekommen. Die Emotion, das Adrenalin und die Tatsache, neben einem Feuerwehrmann in seiner Uniform zu laufen, dem alle applaudieren, lassen mich die Ziellinie erreichen.
Nachdem ich sie überquert und eine Mitläuferin umarmt habe, werde ich mit alkoholfreiem Bier, einer Plastikplane zum Zudecken gegen die Kälte und einer schweren Medaille ausgerüstet.
Ich lasse mich als Superheldin verkleidet fotografieren und gehe meine Klamotten suchen. Jetzt heißt die Mission, auf das Fahrrad zu steigen und die Meilen zu fahren, die mich von zu Hause trennen, ohne dabei zu sterben.
