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Luciana Ferrando

@ Rosario Díaz Roigt

21 DE SEPTIEMBRE

Jazmín, jazmín del país, jazmín del cielo, coronitas de novia, glicinas… Eso huelo a través de la misteriosa memoria de los olores cuando pienso en los septiembres de mi infancia. Pero también vuelvo a hundir la nariz en el guardapolvo, ese uniforme de la escuela pública, el guardapolvo blanco. Lo huelo lleno de manchas de tinta y papelitos en los bolsillos, sucio luego de una semana de uso y también recién lavado y planchado un lunes por la mañana, antes de arrancar hacia la escuela. No lo huelo porque comenzara allá o acá el año escolar, sino porque en septiembre teníamos (en Argentina, al menos) un día del estudiante. Y empezaba la primavera (por eso evoco las flores). El 21 de septiembre era feriado y celebrábamos esos dos acontecimientos. El 21 de septiembre era una fiesta. Los estudiantes copábamos las calles y los parques, los del colegio primario en compañía de adultos, los púberes disfrutando de las primeras salidas solos, los adolescentes sintiéndose superiores y ya parte de otro mundo. Había picnic y música en todos lados y también, como nos habían enseñado que la primavera era la estación del amor y los enamorados, había arrumacos, flirteo y miradas envidiosas a los que ya estaban noviando. Todo eso bajo un sol radiante, un aire fresquito y un cielo sin nubes. No recuerdo ningún 21 de septiembre lluvioso, ni siquiera nublado.

Cuando unos días atrás escuché en la radio que el primero de septiembre comienza en el hemisferio europeo el otoño meteorológico (así lo dijeron), me sentí no sólo indignada, sino también un poco estafada, como si quisieran ocultarme algo. No sólo porque sea el inicio del otoño y no de la primavera —es decir el comienzo de la hecatombe y no del renacimiento, para expresarlo con el dramatismo que merece de este lado del planeta, sabiendo lo que nos espera—, sino porque sobre el 21 de septiembre no hubo ni una palabra. El 21 de septiembre es aquí un día cualquiera. Salí a la calle, vi las primeras hojas caer, obedientes a la puntualidad alemana, como si hubieran escuchado también la noticia, me puse los auriculares y salí corriendo.

21. SEPTEMBER

Jasmin, Brautkronen, Glyzinienblühten. Das rieche ich, wenn ich an die September meiner Kindheit denke. Aber ich meine Nase scheint auch im Kittel zu stecken, in der Schuluniform der städtischen Schulen, dieser weiße Kittel. Ich rieche Tintenflecken und Papierfetzen in den Taschen, den Schmutz nach einer Woche Gebrauch. Oder es riecht frisch gewaschen und gebügelt wie an einem Montagmorgen auf dem Weg zur Schule. Ich rieche es nicht etwa weil das Schuljahr dort wie hier im September beginnt, sondern weil wir im September (zumindest in Argentinien) den Tag der Schüler feierten. Und weil dann der Frühling begann (deshalb erwähne ich die Blumen). Der 21. September war der Feiertag und wir feierten diese beiden Ereignisse zusammen. Der 21. September war ein Fest. Wir Schüler übernahmen die Straßen und Parks. Die Grundschüler*innen in Begleitung von Erwachsenen, die Pubertierenden machten ihre ersten Ausflüge ohne Aufsicht. Teenager fühlten sich überlegen und bereits Teil einer anderen Welt. Überall gab es Picknicks und Musik, und da wir gelernt hatten, dass der Frühling die Zeit der Liebe und der Liebenden ist, gab es Kuscheleinheiten, Flirts und neidische Blicke auf die, die bereits eine Freundin oder einen Freund hatten. All das bei strahlender Sonne, frischer Luft und wolkenlosem Himmel – ich kann mich an keinen verregneten oder sogar bewölkten 21. September erinnern.

Als ich vor ein paar Tagen im Radio hörte, dass am 1. September auf der europäischen Hemisphäre der meteorologische Herbst beginnt (so hieß es), rief das bei mir nicht nur Empörung hervor, sondern auch ein das Gefühl von Betrug, als wollte man mir etwas verheimlichen. Nicht nur, weil hier Herbst und nicht Frühlingsanfang ist – also der Beginn der Katastrophe und nicht der Wiedergeburt, um es mit dem Drama auszudrücken, das es auf dieser Seite des Planeten verdient, wenn man weiß, was uns erwartet –, sondern weil der Beitrag die wahre Bedeutung des 21. September nicht erwähnte. Der 21. September ist hier nur ein weiterer Tag. Ich ging auf die Straße hinaus, sah die ersten Blätter fallen, mit deutscher Pünktlichkeit, als hätten auch sie die Nachricht gehört, setzte mir die Kopfhörer auf und rannte hinaus.