UN ENCUENTRO
Primero la veo desde atrás, tocándose una hebilla de nácar que está torcida en el centro de su cabeza y parece que va a desprenderse en cualquier momento, a deslizarse por su pelo lacio y canoso hasta la espalda como por un tobogán. El pelo un poco mojado por la lluvia, las manos frágiles y finas, un bolso de seda rosa cuelga semi vacío de su antebrazo, se nota que ha sido una mujer elegante. Sobre uno de los mostradores repletos de Foto Braune, delante de sus ojos, hay una cámara analógica, una Pentax. Mientras la vendedora busca algo en el cuarto trasero y yo espero, la mujer habla sola. No delira, murmura lo que piensa sobre la cámara mientras la examina y a mí me parece como si recitara un poema. Entonces su voz me resulta familiar y, cuando por fin gira la cabeza, reconozco el lunar (también los rasgos, pero sobre todo el lunar, porque es de esos que definen una cara). Me resisto a creer que es quien pienso que es, debe ser alguien semejante, me digo. Pero ¿el lunar? Sin poder recordar su nombre me pregunto en qué momento se volvió una mujer tan mayor, de cuerpo pequeño y tembloroso, como suele decirse de las mujeres viejas, un pajarito. Yo la recuerdo fuerte y sobre todo sensual, siempre me pareció muy atractiva. Cuando admito que la mayoría de las imágenes que guardo de ella son de películas de Rainer Fassbinder, comprendo que se trata de una ilusión mía: como si los actores y actrices siguieran existiendo en sus personajes en un mundo paralelo y no envejecieran. Es lógico que tenga la edad que tiene, soy yo quien se quedó en el tiempo, pienso. «Usted es actriz, ¿no?», pregunto y al principio no obtengo respuesta. «Sí, bueno, era», dice finalmente sin quitar la vista de la Pentax. «¿Y fotógrafa?», agrego para suavizar mi atrevimiento y entonces sí me sonríe. «Antes fotografiaba a los chicos, cuando eran chicos…» En ese momento vuelve la vendedora. El horario de cierre pasó hace rato, pero las mujeres siguen conversando. Me la imagino más tarde, a la actriz, cruzando el Hermannplatz bajo la lluvia, como en una película, balanceando su bolsito rosa, arreglándose el pelo de tanto en tanto.
EINE BEGEGNUNG
Zuerst sehe ich sie von hinten, wie sie eine Perlmutt-Haarspange berührt, die so aussieht, als würde sie sich jeden Moment lösen und ihr glattes, graues Haar wie auf einer Rutsche nach hinten gleiten. Ihr Haar ist ein wenig nass vom Regen, ihre Hände zerbrechlich und schlank, eine rosafarbene Seidenhandtasche hängt halb leer an ihrem Unterarm, man merkt, dass sie eine elegante Frau gewesen ist. Auf einer Vitrine von Foto Braune liegt vor ihren Augen eine analoge Kamera, eine Pentax. Während die Verkäuferin im Hinterzimmer verschwindet, spricht die Frau mit sich selbst. Sie murmelt etwas über die Kamera, und es kommt mir so vor, als würde sie ein Gedicht vortragen. Dann kommt mir ihre Stimme bekannt vor, und als sie schließlich den Kopf dreht, erkenne ich vor allem den Schönheitsfleck, denn er ist von der Sorte, die ein Gesicht ausmacht. Ich zweifle, dass sie die Person ist, die ich denke. Es muss jemand ähnliches sein. Aber das Muttermal? Ihr Name fällt mir nicht mehr ein. Ich frage mich aber, wie sie so alt geworden ist, mit einem so kleinen, zitternden Körper. Ich habe sie als starke und vor allem sinnliche Frau in Erinnerung, ich fand sie immer sehr attraktiv. Die Bilder, die ich von ihr im Kopf habe, stammen aus Rainer Werner Fassbinder-Filmen. Mir Klar, was los ist: Es ist nicht so als ob Schauspielerinnen und Schauspieler in einer Parallelwelt weiterleben und nicht altern. Ich bin es, die in einer anderen Zeit geblieben ist. “Sie sind Schauspielerin, nicht wahr?”, frage ich, und bekomme zunächst keine Antwort. “Ja, das war ich”, sagt sie schließlich, ohne den Blick von der Pentax zu nehmen. “Und auch Fotografin?”, füge ich hinzu, um meine Dreistigkeit zu mildern, und dann lächelt sie mich an. “Ich habe früher gerne die Kinder fotografiert, als sie noch klein waren…”. In diesem Moment kommt die Verkäuferin zurück. Es ist schon lange Feierabend, aber die Frauen unterhalten sich noch weiter. Ich stelle sie mir später vor, die Schauspielerin, wie sie im Regen langsam über den Hermannplatz geht. Die kleine rosa Tasche schwingt, ab und zu rückt sie sich die Haare zurecht.







