Confusiones 10

@ Rosario Díaz Roigt

UN ENCUENTRO

Primero la veo desde atrás, tocándose una hebilla de nácar que está torcida en el centro de su cabeza y parece que va a desprenderse en cualquier momento, a deslizarse por su pelo lacio y canoso hasta la espalda como por un tobogán. El pelo un poco mojado por la lluvia, las manos frágiles y finas, un bolso de seda rosa cuelga semi vacío de su antebrazo, se nota que ha sido una mujer elegante. Sobre uno de los mostradores repletos de Foto Braune, delante de sus ojos, hay una cámara analógica, una Pentax. Mientras la vendedora busca algo en el cuarto trasero y yo espero, la mujer habla sola. No delira, murmura lo que piensa sobre la cámara mientras la examina y a mí me parece como si recitara un poema. Entonces su voz me resulta familiar y, cuando por fin gira la cabeza, reconozco el lunar (también los rasgos, pero sobre todo el lunar, porque es de esos que definen una cara). Me resisto a creer que es quien pienso que es, debe ser alguien semejante, me digo. Pero ¿el lunar? Sin poder recordar su nombre me pregunto en qué momento se volvió una mujer tan mayor, de cuerpo pequeño y tembloroso, como suele decirse de las mujeres viejas, un pajarito. Yo la recuerdo fuerte y sobre todo sensual, siempre me pareció muy atractiva. Cuando admito que la mayoría de las imágenes que guardo de ella son de películas de Rainer Fassbinder, comprendo que se trata de una ilusión mía: como si los actores y actrices siguieran existiendo en sus personajes en un mundo paralelo y no envejecieran. Es lógico que tenga la edad que tiene, soy yo quien se quedó en el tiempo, pienso. «Usted es actriz, ¿no?», pregunto y al principio no obtengo respuesta. «Sí, bueno, era», dice finalmente sin quitar la vista de la Pentax. «¿Y fotógrafa?», agrego para suavizar mi atrevimiento y entonces sí me sonríe. «Antes fotografiaba a los chicos, cuando eran chicos…» En ese momento vuelve la vendedora. El horario de cierre pasó hace rato, pero las mujeres siguen conversando. Me la imagino más tarde, a la actriz, cruzando el Hermannplatz bajo la lluvia, como en una película, balanceando su bolsito rosa, arreglándose el pelo de tanto en tanto.

EINE BEGEGNUNG⁠

Zuerst sehe ich sie von hinten, wie sie eine Perlmutt-Haarspange berührt, die so aussieht, als würde sie sich jeden Moment lösen und ihr glattes, graues Haar wie auf einer Rutsche nach hinten gleiten. Ihr Haar ist ein wenig nass vom Regen, ihre Hände zerbrechlich und schlank, eine rosafarbene Seidenhandtasche hängt halb leer an ihrem Unterarm, man merkt, dass sie eine elegante Frau gewesen ist. Auf einer Vitrine von Foto Braune liegt vor ihren Augen eine analoge Kamera, eine Pentax. Während die Verkäuferin im Hinterzimmer verschwindet, spricht die Frau mit sich selbst. Sie murmelt etwas über die Kamera, und es kommt mir so vor, als würde sie ein Gedicht vortragen. Dann kommt mir ihre Stimme bekannt vor, und als sie schließlich den Kopf dreht, erkenne ich vor allem den Schönheitsfleck, denn er ist von der Sorte, die ein Gesicht ausmacht. Ich zweifle, dass sie die Person ist, die ich denke. Es muss jemand ähnliches sein. Aber das Muttermal? Ihr Name fällt mir nicht mehr ein. Ich frage mich aber, wie sie so alt geworden ist, mit einem so kleinen, zitternden Körper. Ich habe sie als starke und vor allem sinnliche Frau in Erinnerung, ich fand sie immer sehr attraktiv. Die Bilder, die ich von ihr im Kopf habe, stammen aus Rainer Werner Fassbinder-Filmen. Mir Klar, was los ist: Es ist nicht so als ob Schauspielerinnen und Schauspieler in einer Parallelwelt weiterleben und nicht altern. Ich bin es, die in einer anderen Zeit geblieben ist. “Sie sind Schauspielerin, nicht wahr?”, frage ich, und bekomme zunächst keine Antwort. “Ja, das war ich”, sagt sie schließlich, ohne den Blick von der Pentax zu nehmen. “Und auch Fotografin?”, füge ich hinzu, um meine Dreistigkeit zu mildern, und dann lächelt sie mich an. “Ich habe früher gerne die Kinder fotografiert, als sie noch klein waren…”. In diesem Moment kommt die Verkäuferin zurück. Es ist schon lange Feierabend, aber die Frauen unterhalten sich noch weiter. Ich stelle sie mir später vor, die Schauspielerin, wie sie im Regen langsam über den Hermannplatz geht. Die kleine rosa Tasche schwingt, ab und zu rückt sie sich die Haare zurecht. ⁠

Confusiones 9

@ Rosario Díaz Roigt

LAS FIESTAS

A los ocho
Ensalada rusa, nieve de mentira, arbolito en lo alto del placard, guirnaldas que pinchan, la mesa junto a la pelopincho, pionono con mucha mayonesa, matambre, turrones, ensalada de fruta, helado. Sacarle la fruta abrillantada al pan dulce con los dedos formando un pajarito, las nueces tan difíciles de abrir, las estrellitas que se acaban rápido y las cañitas voladoras en botellas con el pico quemado (atención: no explotarse la mano como el primo). El perro atado, otros perros ladrando a lo lejos, aullando. Cada vez somos menos, la abuela se vuelve más chiquita y fuma a escondidas. Discusiones políticas, tensiones, soleros blancos, sandalias de cuero apretadas. Esperar a las doce y los regalos, la sirena de los bomberos, coca-cola, sidra y fanta. Papá Noel va a llegar todo transpirado, digo una vez y hago reír a todos.

A los veintitrés
De lo que encontramos en el Todo por dos pesos compramos lo más feo. Los regalos se sortean o se ganan pescando patitos de plástico. Luego hay que exhibirlos en casa durante un año en una vitrina encima de la puerta. También jugamos a otros juegos. Los más cercanos nos hacemos regalos en serio (rollos de foto o anillos que predicen el tiempo). Nos reímos mucho y después de las doce nos mudamos a la terraza a mirar el cielo sobre Constitución. A esa hora estoy tan fumada que confundo fuegos artificiales con estrellas fugaces, ambos se extinguen muy rápido.

Los años pasados
Glühwein en pabellones con lucecitas, brindis con colegas, olor a garrapiñadas, a Wurst, a Waffeln… Un montón de Papa Noels de chocolate en la heladera, Dominosteine. Una navidad en un cine en Prenzlauer Berg mirando “El evangelio según San Mateo”. Una cocinando por Zoom con amigos de Grecia. Una tomando cerveza con un kiosquero que insulta a la policía. Otra vez sola, dando vueltas en la U-Bahn. Un 31 en medio del campo, en silencio; en Kreuzberg frente al Bethanien, bailando; con casco (para protegernos) en la Sonnenallee. Sola en casa elaborando listas de promesas y deseos frente al fuego, brindando imaginariamente con quienes están lejos, pensando en cada uno de ellos.

DIE FEIERTAGE

Mit acht⁠
Russischer Salat, Kunstschnee, Bäumchen ganz oben im Schrank, pieksende Girlanden, kaputte Weihnachtskugeln, der gedeckte Tisch neben dem Planschbecken, Pionono (viel Mayonnaise), Matambre, dann Nougat, Obstsalat, Eis. Die Früchte aus dem Panettone rausziehen, mit den Fingern einen kleinen Vogel formen. Die Nüsse, die so schwer zu öffnen sind. Die Wunderkerzen, die zu schnell ausgehen. Hunde bellen in der Ferne, heulen. Wir werden immer weniger und die Oma wird kleiner, sie raucht heimlich. Politische Diskussionen, Spannungen, weiße Kleider, zu enge Ledersandalen. Warten auf zwölf Uhr, Geschenke, die Sirene der Feuerwehr um zwölf, Cola, Cidre und Fanta. Verschwitzt kommt der Weihnachtsmann, sagte ich einmal und brachte alle zum Lachen.⁠

Mit 23⁠
Wir kaufen das Hässlichste von dem, was wir in Ein-Euro-Laden finden. Die Geschenke werden verlost oder beim Fischen von Plastikküken gewonnen. Dann muss man sie zu Hause ein Jahr lang aufstellen! Wir spielen auch andere Spiele. Unsere Nächsten geben uns richtige Geschenke (Fotofilme, Ringe, die das Wetter vorhersagen). Wir lachen viel und gehen manchmal nach zwölf auf die Terrasse, um in den Himmel über Constitución zu blicken. Zu dieser Stunde bin ich so stoned, dass ich Feuerwerke mit Sternschnuppen verwechsle: Beide gehen sehr schnell aus.⁠

Die vergangenen Jahre⁠
Glühwein in Pavillons mit kleinen Lichtern, Anstoßen mit Kollegen, Duft nach Karamellisiertem, nach Wurst, nach Waffeln… Viel Santa Claus Milka Schokolade im Kühlschrank, Dominosteine. Ein Weihnachtsfest im Kino in Prenzlauer Berg. Ein weiteres beim Kochen per Zoom mit Freunden aus Griechenland. Ein anderes Mal trinke ich Bier mit einem Späti-Verkäufer, der sich mit der Polizei anlegt. Ein anderes Mal mit der U-Bahn hin und her fahren. Am 31. Dezember auf dem Land, neben einem gefrorenen See, in Kreuzberg vor den Bethanien tanzend, mit Helm auf der Sonnenallee (um uns zu schützen). Allein zu Hause, Listen mit Versprechungen und Wünschen vor dem Kamin erstellend. Imaginär mit denen auf der anderen Seite der Welt anstoßen. Über jeden von ihnen nachdenken.⁠

Confusiones 8

@ Rosario Díaz Roigt

TRAMPAS

Escribo a lo loco en una mesa del bar Fincan, minutos antes de que comience el micrófono abierto de Pasajeros del Muro. Bebo una birra caliente y como salztange. Mi campera de cuero está tan fría como la esquina de la de la Nogat y la Altenbrakerstraße, iluminada por faroles a gas. Recopilo notas y las numero. El tema está más presente en mi libreta de lo que creo, mi libreta está llena de trampas.

Subo al escenario con las mejillas ardiendo, acerco mi boca temblorosa al micrófono y leo.

Decálogo de trampas:

1- Cuerpo: corriendo por el canal recuerdo que no soy alta y siento frío. Te falta carne, me dicen. Como esos médicos gurús que operaban con las manos, meter los dedos entre las costillas y tocar mis huesos.

2- Lagrimones: estar triste por el sombrero imaginario de mi vecino, el festival de cometas en el Tempelhof y la ardilla que jamás viene.

3- Barracas: ver las desconexiones como arreglos florales hechos de cables pelados en mesas alejadas de un bar en un barrio del sur de Buenos Aires.

4- Ballhaus: besarle, como bailar en el centro de un salón enorme y vacío, entre paredes con espejos. Besarla a ella en cambio, como besar algo satinado o meterse en un vientre de seda.

5- Desencanto: imaginarla junto a los arroyos en los bosques, ignorarla en Berlín y que me envíe fotos de pimientos arrugados diciendo Mira, vieja bruja, se parecen a mi corazón.

6- Imaginario: sentir el peso y el calor de un brazo en mi hombro y que por eso me guste el invierno.

7- Lunática: mirar la luna desde el Späti de la esquina. ¿Quién no lo hace? En la Reuterplatz todos tienen algo que decirse, yo hablo conmigo en voz baja para que nadie me entienda.

8- Pirata: la dentista quiere reemplazar mi diente pirata por uno falso. Pero a mí me gusta sonreír a la gente con mi diente azul. «Si quiero te beso, si quiero te mato.»

9- Dioses: estirar la mano con semillas para que vengan pájaros y te tiren del pelo como en una película animada. En cambio vienen dos ratas. «Ok, son de la familia.» Los dioses grandes no van contigo al Hasenheide. Una travesura de dioses pequeños.

10- Invisible: mirar y no ser vista es una trampa hecha de hilos de oro y palos secos.

FALLEN

Wie verrückt schreibe ich in der Bar Fincan, fünf Minuten bevor das Open-Mic von Pasajeros del Muro beginnt. Ich trinke warmes Bier und esse Salzstangen. Ich sammle Notizen und nummeriere sie. Das Thema ist präsenter als ich gedacht habe, mein Notizbuch ist voller Fallen.

Ich betrete die Bühne, mit zitternden Mund lese ich vor:

Dekalog der Fallen:

1- Körper: Am Kanal erinnere ich mich plötzlich, dass ich nicht groß bin. Mir ist kalt. Ich habe nicht genug Fleisch auf den Knochen, sagen sie mir. Wie jene Guru-Ärzte, die mit ihren Händen operieren, stecke ich meinen Finger zwischen die Rippen und berühre meine Knochen.

2- Tränen: Traurig sein über den imaginären Hut meines Nachbarn, das Drachenfest in Tempelhof und das Eichhörnchen, das nie kommt.

3- Barracas: Blumengestecke aus Kabeln, auf Tische gestellt in einer leeren Kneipe im Süden von Buenos Aires.

4- Ballhaus: Ihn zu küssen, fühlt sich an, als tanze man mitten in einem riesigen, leeren Raum an Spiegelwänden vorbei. Sie zu küssen, ist, als würde man in einen seidenen Bauch gehen.

5- Ernüchterung: Ich stellte sie mir an den Bächen im Wald vor, ignorierte sie aber in Berlin. Sie schickte mir Fotos von schrumpligen Paprikaschoten. Darunter steht: »Schau alte Hexe, sie sehen genauso aus wie mein Herz«.

6- Imaginär: Das Gewicht und die Wärme eines Arms auf meiner Schulter zu spüren, reicht, damit ich den Winter mag.

7- Lunatic: Wer schaut nicht vom Späti an der Ecke auf den Mond? Auf dem Reuterplatz haben sich alle etwas zu sagen. Ich spreche leise mit mir selbst, damit mich keiner versteht.

8- Piratin: Der Zahnarzt möchte meinen Piratenzahn durch einen falschen Zahn ersetzen. Aber ich lächele gerne Leute mit meinem blauen Zahn an. »Wenn ich will, werde ich dich küssen, wenn ich will, werde ich dich töten.«

9- Götter: Ich strecke meine Hand mit Körnern aus, damit Vögel kommen und mir an den Haaren ziehen. Stattdessen zwei Ratten. »Okay, sie gehören zur Familie.« Ein Unfug kleiner Götter. Große Götter gehen nicht mit dir in die Hasenheide.

10- Unsichtbar: Sehen und nicht gesehen werden ist eine Falle aus Goldfäden und trockenen Stöcken.

Confusiones 7

@ Rosario Díaz Roigt

21 DE SEPTIEMBRE

Jazmín, jazmín del país, jazmín del cielo, coronitas de novia, glicinas… Eso huelo a través de la misteriosa memoria de los olores cuando pienso en los septiembres de mi infancia. Pero también vuelvo a hundir la nariz en el guardapolvo, ese uniforme de la escuela pública, el guardapolvo blanco. Lo huelo lleno de manchas de tinta y papelitos en los bolsillos, sucio luego de una semana de uso y también recién lavado y planchado un lunes por la mañana, antes de arrancar hacia la escuela. No lo huelo porque comenzara allá o acá el año escolar, sino porque en septiembre teníamos (en Argentina, al menos) un día del estudiante. Y empezaba la primavera (por eso evoco las flores). El 21 de septiembre era feriado y celebrábamos esos dos acontecimientos. El 21 de septiembre era una fiesta. Los estudiantes copábamos las calles y los parques, los del colegio primario en compañía de adultos, los púberes disfrutando de las primeras salidas solos, los adolescentes sintiéndose superiores y ya parte de otro mundo. Había picnic y música en todos lados y también, como nos habían enseñado que la primavera era la estación del amor y los enamorados, había arrumacos, flirteo y miradas envidiosas a los que ya estaban noviando. Todo eso bajo un sol radiante, un aire fresquito y un cielo sin nubes. No recuerdo ningún 21 de septiembre lluvioso, ni siquiera nublado.

Cuando unos días atrás escuché en la radio que el primero de septiembre comienza en el hemisferio europeo el otoño meteorológico (así lo dijeron), me sentí no sólo indignada, sino también un poco estafada, como si quisieran ocultarme algo. No sólo porque sea el inicio del otoño y no de la primavera —es decir el comienzo de la hecatombe y no del renacimiento, para expresarlo con el dramatismo que merece de este lado del planeta, sabiendo lo que nos espera—, sino porque sobre el 21 de septiembre no hubo ni una palabra. El 21 de septiembre es aquí un día cualquiera. Salí a la calle, vi las primeras hojas caer, obedientes a la puntualidad alemana, como si hubieran escuchado también la noticia, me puse los auriculares y salí corriendo.

21. SEPTEMBER

Jasmin, Brautkronen, Glyzinienblühten. Das rieche ich, wenn ich an die September meiner Kindheit denke. Aber ich meine Nase scheint auch im Kittel zu stecken, in der Schuluniform der städtischen Schulen, dieser weiße Kittel. Ich rieche Tintenflecken und Papierfetzen in den Taschen, den Schmutz nach einer Woche Gebrauch. Oder es riecht frisch gewaschen und gebügelt wie an einem Montagmorgen auf dem Weg zur Schule. Ich rieche es nicht etwa weil das Schuljahr dort wie hier im September beginnt, sondern weil wir im September (zumindest in Argentinien) den Tag der Schüler feierten. Und weil dann der Frühling begann (deshalb erwähne ich die Blumen). Der 21. September war der Feiertag und wir feierten diese beiden Ereignisse zusammen. Der 21. September war ein Fest. Wir Schüler übernahmen die Straßen und Parks. Die Grundschüler*innen in Begleitung von Erwachsenen, die Pubertierenden machten ihre ersten Ausflüge ohne Aufsicht. Teenager fühlten sich überlegen und bereits Teil einer anderen Welt. Überall gab es Picknicks und Musik, und da wir gelernt hatten, dass der Frühling die Zeit der Liebe und der Liebenden ist, gab es Kuscheleinheiten, Flirts und neidische Blicke auf die, die bereits eine Freundin oder einen Freund hatten. All das bei strahlender Sonne, frischer Luft und wolkenlosem Himmel – ich kann mich an keinen verregneten oder sogar bewölkten 21. September erinnern.

Als ich vor ein paar Tagen im Radio hörte, dass am 1. September auf der europäischen Hemisphäre der meteorologische Herbst beginnt (so hieß es), rief das bei mir nicht nur Empörung hervor, sondern auch ein das Gefühl von Betrug, als wollte man mir etwas verheimlichen. Nicht nur, weil hier Herbst und nicht Frühlingsanfang ist – also der Beginn der Katastrophe und nicht der Wiedergeburt, um es mit dem Drama auszudrücken, das es auf dieser Seite des Planeten verdient, wenn man weiß, was uns erwartet –, sondern weil der Beitrag die wahre Bedeutung des 21. September nicht erwähnte. Der 21. September ist hier nur ein weiterer Tag. Ich ging auf die Straße hinaus, sah die ersten Blätter fallen, mit deutscher Pünktlichkeit, als hätten auch sie die Nachricht gehört, setzte mir die Kopfhörer auf und rannte hinaus. 

Confusiones 6

@ Micaela Masetto

Un verano

Había una vez —hubo una vez— un verano perfecto, un verano en el que viví todos los anhelos, todas las añoranzas que los veranos, con sus temperaturas extremas y sus colores y sobre todo olores intensos, despiertan en mí.

En ese verano —el verano pasado— me movía como un elfo en los campos llenos de flores y de insectos. Larga y lenta, mirando hacia la tierra, descalza y recién peinada. Ella sabía hacer las mejores trenzas y me dejaba fresca y prolija. Me llamaba mariposa porque yo solía atravesar el salón tan silenciosa como si lo sobrevolara. Así de buena era. Y de liviana. A menudo me preguntaba ¿cuánto pesás?, como si yo fuera Gretel y ella esperara el momento de comerme. Por divertirme me levantaba a veces en sus brazos y una noche casi caímos rodando por las escaleras. Antes de eso, estábamos acostadas en la hamaca y no notamos que empezaba a llover. Las ruedas eólicas destellaban sus luces rojas, zumbando y susurrando constantemente. Me podría haber imaginado que estábamos en el mar, pero no lo hice porque no necesitaba otra cosa ni quería estar en otro lugar. Mi teléfono quedaba olvidado en el fondo de mi bolso todo el fin de semana y Berlín me parecía algo que nunca había existido. Era como si yo no hubiese tenido una vida antes ni tuviera una vida durante la semana. Temprano por la mañana de los últimos días íbamos a juntar bayas para el desayuno. Cada una elegía un arbusto y no hablábamos. Luego ella me preparaba un tupper con los frutos rojos o con una ensalada que a mí más tarde me sabía a sus manos. Luego me llevaba a la estación. En el camino algunas veces escuchábamos música clásica, que combinaba con la imagen movida a través de la ventana de los bosques que yo llamaba míos. Los andenes estaban vacíos y hacía un calor seco que se levantaba del asfalto. Nos abrazábamos hasta que mi tren llegaba. Me quedaba contra la puerta y nos mirábamos, sin saludarnos, hasta que ya no podíamos vernos.

Este verano sólo pienso en aquel verano que no volverá nunca. Este verano añoro el verano en el que no anhelaba ni añoraba nada.

Ein Sommer

Es war einmal ein Sommer, es gab einen Sommer, diesen letzten Sommer, der perfekt war. Alle Sehnsüchte, die der Sommer mit seinen Temperaturen, Farben und Düften in mir weckt, lebte ich in jenem Sommer aus.

Ich bewegte mich wie ein Elf auf Wiesen voller Blumen und Insekten. Hoch gewachsen und langsam, nach unten guckend, barfuß, frisch gekämmt. Sie flechte die allerbesten Zöpfe und sorgte dafür, dass ich frisch und sauber aussah. Sie nannte mich „Schmetterling“, weil ich so leise durch das Wohnzimmer ging, als würde ich fliegen. So brav war ich und so leicht. „Wie schwer bist Du?“, fragte sie mich, als wäre ich Gretel und sie wolle mich fressen. Aus Spaß hob sie mich hoch, eines Abends sind wir dabei fast die Treppe heruntergefallen. Davor lagen wir in der Hängematte und merkten nicht, dass es zu regnen anfing. Die Windräder blinkten mit ihren roten Lichtern, sie surrten und rauschten. Ich hätte mir vorstellen können, wir wären am Meer. Doch ich tat es nicht, weil ich nichts brauchte und nirgendwo anders sein wollte. Auch mein Telefon nicht, es blieb in meiner Tasche, das ganze Wochenende. An diesen Wochenenden kam Berlin mir vor, als würde es gar nicht existieren, als hätte ich kein anderes Leben zuvor gehabt, als gäbe es unter der Woche kein Leben. Früh am Morgen der letzten Tage gingen wir Beeren für das Frühstück sammeln, jede suchte sich einen Busch aus, wir redeten nicht. Immer bereitete sie eine Tupperdose für mich vor, mit den roten Früchten oder mit Salat, der später nach ihren Händen schmeckte. Dann brachte sie mich zum Bahnhof. Je nach Stimmung hörten wir klassische Musik auf dem Weg (die gut zu den verschwommenen Wäldern am Fenster passte) oder gar nichts. Die Gleise waren heiß und leer. Wir umarmten uns, bis mein Zug kam. Ich blieb bei der Tür und wir schauten uns an (ohne zu winken) bis wir uns nicht mehr sehen konnten.

Diesen Sommer denke ich nur an den letzten Sommer, an den Sommer, den ich nie wieder erleben werden. Diesen Sommer habe ich nur Sehnsucht nach dem Sommer, in dem ich keine Sehnsüchte hatte.

Confusiones 5

@ Micaela Masetto

Maratón

Hace unos años, cuatro amigos en la mesa de un bar. Alguien pregunta si hay algo que no harías jamás en la vida. Yo respondo correr una maratón, sin imaginar que será la pesadilla que se vuelve un sueño que, a su vez, se vuelve realidad.⁠

Comienzo a correr a diario hace más o menos un año y medio. Con los dientes rotos y un brazo enyesado, es lo único que puedo hacer luego de un accidente en bicicleta.⁠

Al principio corro de vez en cuando, 500 metros, un kilómetro. A medida que comienzan a aumentar las endorfinas que va generando el cuerpo, se alargan también las distancias y el tiempo. Comienzo a entender de qué se trata, a tomarle el gusto, a no poder prescindir de ello.⁠

El día anterior a la media maratón me preparo como lo hago para un viaje: sobre la vieja estufa en desuso de mi habitación voy deponiendo lo que voy a necesitar el domingo. Me levantaré a las seis y empacaré, como si fuera al aeropuerto. ⁠

Decido qué me voy a poner (va a hacer frío) y hago una prueba de vestuario. Me tomo incluso un autorretrato con el número de salida sobre el pecho. Parece la foto de un carcelario recién ingresado. ⁠

La maratón en sí es una fiesta. A los costados de la calle hay gente con carteles alentando. Hay batucadas y bandas de jazz. Hay gente que grita mi nombre sin conocerme. Hay agua y bananas, geles energéticos, té y coca cola. Cuando pienso que estoy por caer por el cansancio, el dolor en las rodillas o en las piernas, resucito porque algo me da gracia y la risa me da energía para seguir corriendo.⁠

Al final, corro como una zombie, sin saber lo que hago. Y de repente estoy en el kilómetro veinte. La emoción, la adrenalina y el hecho de correr junto a un bombero con su uniforme, al que todo el mundo aplaude, me hacen llegar a la meta. ⁠

Luego de atravesarla y abrazarme a una mujer con la que paso la línea me dan cerveza sin alcohol, una lona de plástico para cubrirme y una medalla maciza que cuelgo de mi cuello.

Me fotografío disfrazada de superhéroe y voy a buscar mi ropa. La misión es ahora subir a la bicicleta y recorrer los kilómetros que me separan de casa sin morir en el intento.

Marathon

Vor ein paar Jahren, vier Freunde in einer Bar. Jemand fragte, ob es eine Sache gibt, die wir nie im Leben tun würden. Ich antwortete, “Einen Marathon laufen”, ohne zu wissen, dass dieser Albtraum sich in einen Traum verwandeln würde, der zur Realität wurde.

Vor anderthalb Jahren fing ich an, täglich zu laufen. Mit ausgeschlagenen Zähnen und eingegipsten rechten Arm war das das einzige, was ich nach einem Fahrradunfall konnte.

Zu Beginn lief ich ab und zu, 500 Meter, einen Kilometer. Die von meinem Körper erzeugten Endorphine mehrten sich und so verlängerten sich auch die Entfernungen, die ich laufe. Ich begann, Gefallen daran zu finden und bald konnte ich nicht mehr darauf verzichten.

Am Tag vor einem Halbmarathon bereite ich mich wie auf eine Reise vor. Auf dem Hexenofen lege ich alles, was ich am Sonntag brauche. Ich stehe um 6 Uhr auf und packe meinen Rucksack.

Ich entscheide, was ich anziehe (es wird kalt) und mache eine Generalprobe. Sogar ein Selbstporträt mit der Ausgangsnummer mache ich. Das Foto ähnelt dem eines frisch eingelieferten Häftlings.

Der Marathon selbst ist eine Party. An den Straßenrändern stehen Menschen mit aufmunternden Schildern. Es gibt Batucadas und Jazzbands. Es gibt Leute, die meinen Namen rufen, ohne mich zu kennen. Wasser und Bananen, Energieriegel, Tee und Cola gibt es ebenso. Sobald ich denke, dass ich wegen Müdigkeit oder Schmerzen gleich umfallen werde, bringt mich etwas zum Lachen und das gibt mir Energie, um weiterzulaufen.

Letztendlich renne ich wie ein Zombie. Und plötzlich bin ich bei Kilometer 20 angekommen. Die Emotion, das Adrenalin und die Tatsache, neben einem Feuerwehrmann in seiner Uniform zu laufen, dem alle applaudieren, lassen mich die Ziellinie erreichen.

Nachdem ich sie überquert und eine Mitläuferin umarmt habe, werde ich mit alkoholfreiem Bier, einer Plastikplane zum Zudecken gegen die Kälte und einer schweren Medaille ausgerüstet.

Ich lasse mich als Superheldin verkleidet fotografieren und gehe meine Klamotten suchen. Jetzt heißt die Mission, auf das Fahrrad zu steigen und die Meilen zu fahren, die mich von zu Hause trennen, ohne dabei zu sterben.

Confusiones 4

@ Micaela Masetto

Berlinale

Un año hice la cola de los acreditados para la Berlinale. Viajaba colada hasta el cine, ya que no tenía dinero para pagar la U-Bahn, y mis ropas del Freebox olían a humo porque vivía en un Wagenplatz y calefaccionaba con madera (que yo misma hachaba al llegar a casa). Pero llevaba la credencial como una cadena de oro.

Cuando todavía estaba en Buenos Aires y escribía para una revista de cine, iba acreditada «de verdad» al festival de cine de Mar del Plata y me daba el lujo de llegar desde la playa, en ojotas y portando la reposera en la mano.

En Berlín el pase sólo servía para ver las películas de la sesión Generation, para adolescentes. Pero yo estaba feliz y vi películas maravillosas. Cuando mi situación mejoró, llegué a pisar la alfombra roja del Berlinale Palast y un año le vi la nuca a Catherine Deneuve, que era jurado.

Con una amiga con la que compartí muchas noches de festival casi llorábamos al ver la apertura de L’Oréal. El oso dorado en la pantalla se dispara en todas las direcciones por la sala en forma de miles de partículas de imagen y sonido, hasta que el público aplaude cuando se calman y se quedan ahí, colgaditas como estrellas en el cielo. Aún conscientes del tenor comercial, nos sigue emocionando tanto que, en 2021 (cuando no hubo Berlinale), la bajamos de Internet, la proyectamos en la pared de su habitación con un beamer y nos imaginamos en un Cinemaxx de Postdamer Platz.

Vivir en Berlín durante la Berlinale es como vivir en Cannes o en Venecia. Para un amante del cine es un privilegio y así lo sentí estos años. Hubo momentos vergonzosos y hermosos, obras para arrodillarse de éxtasis o para salir corriendo y no volver al cine en la vida, fiascos de grandes directores y joyas de realizadores desconocidos. Pero, sin duda, el Festival fue siempre el highlight del mes más oscuro del año, el evento que te salva de la depresión y te hace sentir llena de rituales con sentido: viajar de un cine a otro, hacer largas colas en el frío, convertirte en cazadora furtiva de entradas, tirarte con la revista del festival por ahí como si fuera el living de tu casa.

En 2020 la gente ya se miraba con suspicacia, algunos usaban máscara y se hablaba sobre todo de la pandemia por venir. En 2021 hubo una mini-Berlinale en verano y allí llevamos nuestra euforia cinéfila. Pero la Berlinale en verano no es Berlinale, pues la Berlinale es parte esencial del invierno.

En la edición actual casi todo parece volver a la normalidad: las entradas se venden solo online y están agotadas de antemano. Quizás todavía, en estos últimos tres días, llegue de manera mágica un ticket hasta mí, y me hunda en una butaca calentita, con el corazón agitado de ansiedad, esperando a que en la pantalla explote el oso con todas sus fuerzas.

Berlinale

Einmal durfte ich bei der Berlinale in der Schlange für Akkreditierte stehen. Ich fuhr bis zum Kino mit der U-Bahn ohne Ticket, weil ich kein Geld hatte und meine Freebox-Klamotten rochen nach Rauch – ich wohnte auf einem Wagenplatz und heizte mit Holz. Doch die Akkreditierung trug ich immer als wäre sie eine Goldkette.⁠⁠

Als ich noch in Buenos Aires wohnte und als Filmjournalistin arbeitete, ging ich richtig akkreditiert zum Filmfestival in Mar Del Plata. Da die Stadt am Meer liegt, kam ich manchmal zur Aufführung in Flip-Flops und trug einen Liegestuhl mit mir rum.⁠

Mein Akkreditierungsausweis in Berlin war nur für die Reihe “Generation” gültig, für Jugendliche bis 14. Aber ich war so glücklich damit und so stolz darauf! Und ich habe wunderbare Filme gesehen.⁠
Als sich meine Situation verbessert hatte, bin ich dann auch mal auf dem roten Teppich des Berlinale Palast gelaufen und habe Prominenten in den Nacken geschaut, die vor mir in ihrem Jury-Sessel saßen, wie zum Beispiel Catherine Deneuve einmal.⁠

Mit einer Freundin erlebte ich viele Berlinaleabende, und es rührte es uns immer zu Tränen, wenn der Vorspann des Festivals begann, in dem sich der goldenen Bär in Millionen goldene Partikeln auflöst, die sich in alle Richtungen des Saals verbreiten. Wenn sie wie Sterne am Himmel hängen bleiben, klatscht das Publikum. Obwohl die Präsentation so kommerziell ist, gefiel sie uns so sehr, dass wir sie uns online anschauten, als das Festival 2021 ausfiel. Hand in Hand lagen wir im Bett und stellten uns vor, dass wir im Cinemaxx in der Potsdamer Straße wären.⁠⁠

Berlin während der Berlinale ist als würde man in Cannes oder Venedig sein. Ein Privileg für eine Filmliebhaberin wie mich und so habe ich die Festivaltage diese ganzen Jahre erlebt. ⁠

Es gab dabei schöne und peinliche Momente, Werke zum Sterben vor Ekstase oder zum weglaufen und nie wiederkommen, Flops von großen Regisseur*innen oder Prachtstücke von Unbekannten. Die Berlinale war immer schon das Highlight des Winters. Das uns im Februar vor der Depression rettet und uns Rituale schenkt, wie von Kino zu Kino durch die Stadt zu fahren, in langen Schlangen in der Kälte zu stehen, sich in Ticketjäger*innen zu verwandeln. Irgendwo mit dem Programmheft zu liegen, als wäre man im eigenen Wohnzimmer.

2020 haben wir das noch erleben können. Doch es war bereits seltsam, die Leute haben sich suspekt angeschaut, einige trugen schon Maske und es wurde fast nur über die Pandemie geredet, die damals noch gar keine war.

2021 gab es eine Mini-Berlinale im Sommer, im Open-Air-Kino und das war schön, doch keine richtige Berlinale, denn die Berlinale ist ein gehört zum Berliner Winter.

2022 ist alles fast wieder normal. Fast, denn alle Karten scheinen schon vor dem Verkauf ausverkauft zu sein. Aber vielleicht habe ich Glück und ich bekomme noch ein Ticket in die Hände für die letzten vier Tage und lande in einem warmen Sessel und mein Herz hüpft und ich warte darauf, dass es dunkel wird und der Bär endlich explodiert.

Confusiones 3

@ Micaela Masetto

Navidad

La navidad 2020, la primera navidad pandémica (que no sería la última) la pasé sola. Bueno, no del todo: cené con María y Dimitris a través de zoom. Preparamos un curry que quedó buenísimo. Cociné como si estuviéramos todos alrededor de la misma mesa —y no ellos en Grecia y yo en Neukölln— y comí curry durante cuatro días seguidos.

Había pasado navidades en el cine, en fiestas, jugando juegos de mesa frente al fuego, caminando por un bosque nevado… Pero esa fue la segunda vez que pasé una navidad sola (o casi sola) en Berlín. La primera, ya no recuerdo en qué año, no imaginábamos siquiera la existencia del corona y tenía un montón de ofertas para esa noche. Pero decidí no aceptar ninguna.

Siempre me había jactado de ser alguien a quien las fechas pactadas le dan lo mismo, pero entonces tuve que confesarme que esa era una verdad a medias. Escuchaba los brindis de los vecinos a través de la pared, me mandaba mensajes con quienes estaban en casa de sus familias o festejando con amigas y amigos y me sentí rara al principio y al final, abandonada, como si no hubiera sido yo la causante de mi aislamiento.

Entonces recapitulé y noté la diferencia entre «no me importa» y «no me gusta». Entre reírme sarcásticamente en las góndolas del supermercado cuando, ya en septiembre, comienzan a vender productos navideños y no tener nada de eso en casa pero, de repente, ganas de cortar un pan dulce esponjoso o romperme los dientes con un turrón. Entre no tener jamás un arbolito y no tener contra quién chocar la copa a las 12. Ni regalos que abrir, ni uvas que llevar a la boca, ni estrellitas que agitar en el aire dibujando mi nombre.

Con el tiempo, tal vez gracias a ese reconocimiento, tal vez cansada del papel de renegada (como solía llamarme una amiga), me volví más tolerante hacia los rituales relacionados a esta fecha. Empecé a dejar de querer matar a colegas que ponen «Last Christmas I gave you my heart» en youtube en la oficina y hasta les sonrío con simpatía. Comencé a verle un cierto encanto al kitsch de las lucecitas del Ku’damm y de los puestos de Glühwein y a sentir compasión ante la pobre decoración de las Arkaden de mi barrio. Ya no odio con el alma a los tiradores de petardos (aunque me sigo asustando cuando uno vuela desde un balcón como el pétalo desprendido de una flor furiosa) ni a los que se ponen gorritos de Santa Claus en las tiendas o recepciones.

Ahora, ante la navidad inminente, pienso en aquello de «cada loco con su tema», nada más, y me pregunto cuál será el mío. ¿Dónde estaré este 24?

Weihnachten

Weihnachten 2020, das erste (aber nicht das letzte) Weihnachten in Pandemiezeiten, habe ich alleine verbracht. Ok, nicht ganz alleine: Ich habe mit Maria und Dimitris über Zoom zum Abend gegessen. Wir bereiteten ein Curry vor, das sehr lecker war. Doch ich kochte als wären wir alle am selben Tisch und nicht sie in Griechenland und ich in Neukölln: Also gab es für mich vier Tagen lang Curry.

Ich habe Weihnachten schon im Kino, auf Partys, beim Brettspielen, neben dem Kaminfeuer oder im Wald verbracht … doch 2020 war erst das zweite Mal, dass ich Weihnachten nur mit mir selbst (oder fast) verbracht habe. Das erste Mal (ich weiß nicht mehr wann, das war aber längst vor Corona) hatte ich viele Angebote für den Abend, hatte mich aber entschieden, keines davon anzunehmen.

Ich war immer eine, der solche Feste egal sind. Damals musste ich allerdings zugeben, dass das nur die halbe Wahrheit ist. Durch die Wand hörte ich die Nachbar*innen anstoßen und ich bekam ständig Nachrichten von Leute, die bei ihrer Familien waren oder mit Freund*innen feierten. Ich fühlte mich am Anfang komisch und letztlich verlassen, als wäre ich nicht selbst schuld an meiner Isolierung.

Da habe ich gemerkt: “Ist mir egal” und “Gefällt mir nicht” ist nicht das Gleiche. So wie es auch nicht das Gleiche ist, im September darüber lachen, dass die Supermärkte schon Weihnachtsprodukte verkaufen, wie an Weihnachten nichts davon zu haben aber doch Lust, etwas davon zu essen. Oder keinen Weihnachtsbaum zu besitzen oder kein Geschenk zum Aufmachen zu bekommen. Niemanden zum Anstoßen, keine zwölf Trauben, keine Wunderkerze, um meinen Namen in der Luft zu schreiben.

Vielleicht deswegen bin ich mittlerweile toleranter geworden gegenüber den Ritualen, die mit diesem Fest verbunden sind. Ich möchte nicht mehr meine Kolleg*innen töten, wenn sie im Büro “Last Christmas I gave you my heart” spielen. Ich sehe einen gewissen Charme in den kitschigen Lichtern am Ku‘damm und bei den Glühweinständen. Ich spüre Mitleid für die armselige Dekoration der Arkaden meines Kiezes. Ich fühle nicht mehr so viel Hass für Böllerwerfer*innen (erschrecke mich aber trotzdem, wenn einer aus einem Balkon wie ein furioses Blütenblatt fliegt) oder Nikolausmützen-Träger*innen.

Jetzt, wo Weihnachten unmittelbar bevorsteht, denke ich “Das ist jedem sein eigenes Thema”. Nur: welches ist dann meins? Wo werde ich den 24. dieses Mal verbringen?

Confusiones 2

@ Micaela Masetto

Confusiones 2

Empecé una lista azarosa de preguntas confusas. Dice así:

Domingo de elecciones. ¿Hay un olor a currywurst en el aire que venga a equivaler al olor de choripán y asado un domingo de elecciones en Buenos Aires? Yo no huelo el currywurst de los puestos callejeros, es un olor demasiado discreto.

¿Por qué primero me sentí aliviada de no tener que votar y luego me dio bronca y, sobre todo, envidia de los votantes haciendo cola frente a las escuelas ese domingo de elecciones que no olía a nada?

¿Me sentí invisible y discriminada o solo tenía nostalgia del corte de boleta y los chistes cansados de los presidentes de mesa? (Una vez –o dos– voté en la Embajada Argentina. Solo a causa de los mates circulantes entre los que esperaban y el tono irónico y risueño de la conversación me sentí parte, en casa.)

¿Por qué pienso en la Quinta Avenida y la BondStreet, las galerías de Buenos Aires, cuando ando por Kreuzberg? ¿Y por qué me vuelve el recuerdo de estar sentada bajo un toldo ahí cerca, bajo la lluvia, con la persona de la que estaba enamorada, hablando de animales y veterinarias? El agua acumulada en el toldo caía a cataratas.

Otra recurrencia es la palabra despeluchado, despeluchada. Una vez, corriendo por el parque Hasenheide, pensé que mi trenza se movía como la cola despeluchada de un gato. La idea me hizo gracia y me transportó a la esquina de Brasil y Defensa, ahí donde el Bar Británico. ¿Será que vi un gato con la cola despeluchada en el Parque Lezama? ¿Será que el Parque Lezama y el Hasenheide llevan un amor por correspondencia?

Una vez evoqué la palabra en otro contexto. Ella me llevaba a una estación en Brandenburgo para que yo volviera a Berlín, sabiendo las dos que era la última vez que atravesábamos los bosques en silencio. ¿Qué fue lo que me hizo verla así de desprolija e indefensa?

¿Si existieran las vidas paralelas sería ella una mendiga, una loca a la que he visto mil veces deambulando por San Telmo? No lo sé. Como no sé las respuestas a las preguntas de esta lista, que harán parte de la larga lista de preguntas que se escriben en libretas que son archivadas para que nadie las lea.

Verwirrungen 2

Ich habe mir eine zufällige Liste mit Verwirrungen angelegt:

Wahlsonntag. Ist da ein Geruch von Currywurst in der Luft, der dem Geruch von Choripán und Asado an einem Wahlsonntag in Buenos Aires gleicht? An den Straßenständen rieche ich keine Currywurst, die ist zu diskret.

Warum war ich erst erleichtert, nicht wählen zu müssen, und dann doch neidisch auf die Wähler, die an einem nach nichts riechenden Wahlsonntag vor den Schulen in meinem Viertel Schlange standen?

Fühlte ich mich unsichtbar und diskriminiert oder hatte ich einfach nur Sehnsucht nach Stimmzetteln und den müden Witzen der Wahlleiter? (Einmal habe ich in der argentinischen Botschaft gewählt. Wegen des Mate-Tees in der Schlange und den ironischen Gesprächen fühlte ich mich wie Hause.)

Warum denke ich an die Quinta Avenida und die BondStreet, die Galerien von Buenos Aires, wenn ich durch Kreuzberg gehe? Und warum erinnere ich mich daran, wie ich mit dem Menschen, in den ich verliebt war, unter einer Markise in der Nähe saß, im Regen, und über Tiere und Tierärzte sprach? Das Wasser aus der Markise ergoss sich wie ein Wasserfall.

Eine weitere Wiederholung ist das Wort zottelig. Einmal, als ich durch den Park Hasenheide lief, dachte ich, dass sich mein Zopf wie der zottelige Schwanz einer Katze bewegte. Der Gedanke amüsierte mich und versetzte mich an die Ecke Brasil und Defensa. Könnte es sein, dass ich im Parque Lezama eine Katze mit einem solchen zotteligen Schwanz gesehen habe? Schreiben sich der Parque Lezama und die Hasenheide Liebesbriefe?

Ich habe das Wort einmal in einem anderen Zusammenhang erwähnt. Sie brachte mich zu einem Bahnhof in Brandenburg, zum Zug nach Berlin. Wir beide wussten, dass es das letzte Mal war, dass wir zusammen schweigend durch den Wald gewandert waren. Was war es, das sie so unordentlich und hilflos aussehen ließ?

Wenn es parallele Leben gäbe, wäre sie dann eine Bettlerin, eine Verrückte, die ich schon tausendmal in San Telmo gesehen habe?

Ich weiß es nicht. Ich kenne auch nicht die Antworten auf diese Fragen und alle andern, in Notizbüchern geschrieben und für niemanden lesbar abgeheftet.

Confusiones 1

@ Micaela Masetto

Confusiones 1

A veces pienso: Ahora, cuando salga de la escuela… Y con «escuela» me refiero, por supuesto, al trabajo; el Feierabend no hace sonar ningún timbre, de hecho. El lunes, cuando llegue a Buenos Aires, me digo otras veces cuando estoy de viaje o paso el fin de semana en las afueras. Berlín, cuando llegue a Berlín, no a Buenos Aires, me corrijo. ⁠

Es un poco como cuando veo un semáforo pero lo llamo para mí micrófono y encima confundo el verde con el rojo y arranco al revés de lo que debería y así facilito a ciertos alemanes, a la espera de algo que les de una excusa al policía de su cabeza, que levanten la voz y apunten con el dedo. Pero ese es otro tema.

Otro poco es como tener el impulso de tomar el colectivo 29 los domingos para ir a la feria de San Telmo, pero solo puedo ir a Kreuzberg. O ir de la mano de mi manojo de llaves, como si caminara por las callecitas de La Boca y tuviera que demostrar que pertenezco al barrio para sentirme más segura. U oler la cascarita que se forma después de unos días en la lastimadura que me hice en la rodilla, cayéndome tontamente de la bici, como si tuviera cinco, seis, siete años y luego mostrarla como un trofeo.

Oler las coronitas de novia del parque Hasenheide que forman glorietas naturales por encima de los caminos anteayer todavía nevados y no poder asegurar que no estoy escondida en el jardín de algún vecino de la calle sin salida donde estaba la casa de mi infancia, cuando todavía existían un montón de cosas y de personas que ya no existen. ⁠

Verwirrungen 1

Manchmal denke ich: „Gleich, nach der Schule …“ aber damit meine ich „nach der Arbeit“ – am Feierabend gibt es keinen Schulgong. Als wären seit der Schulzeit nicht mehr als 30 Jahren vergangen, als hätte ich nicht mittlerweile am anderen Ende der Welt ein Zuhause gefunden. „Am Montag, wenn ich zurück in Buenos Aires bin…” denke ich oft, wenn ich mir eine Auszeit aus der Stadt nehme. „Berlin, wenn ich zurück in Berlin bin” korrigiere ich mich.

Die Liste ähnlicher Verwirrungen ist lang. An manchen Sonntagen möchte ich den 29er-Bus nach San Telmo nehmen, meinen Lieblingsbezirk in Buenos Aires, in Defensa Ecke Avenida San Juan aussteigen und entlang der Antiquariate am Plaza Dorrego bummeln. Doch alles, was ich machen kann, ist mit dem M29 nach Kreuzberg fahren und mich mit dem Markt am Maybachufer zufriedengeben.

Es kommt vor, dass ich mit dem Schlüsselbund in der Hand laufe, als würde ich die Straßen von La Boca in Buenos Aires durchstreifen. Mit den Schlüsseln spielen, sie hängen lassen und wenn möglich auf der Straße gehen, bedeutete dort damals: Ich wohne hier, du darfst mich nicht anfassen. Ich weiß nicht, ob das im Flughafenkiez, wo ich wohne, für jemanden überhaupt etwas bedeuten würde.

Wenn ich in der Hasenheide in einem Tunnel aus Blüten gerate und es nach Sommertag duftet und der Wind sie wie in Zeitlupe bewegt, dann glaube ich, ich hätte mich im Garten der Nachbarn versteckt, während die anderen schlafen. In der Straße, in der ich groß wurde, machten alle Siesta.

Und ich kann nicht mehr sagen, ob ich mich in Neukölln befinde oder in Adrogué, in meinem Zuhause von damals, als es noch Menschen, Orte und Dinge gab, die es heute weder hier, noch da existieren.